Historia , economía y algunas invisibilidades


Manfred Max-Neef

Extraído de :LA ECONOMIA DESCALZA Colección Pensamiento Descalzo - 1

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La Historia es hecha por los historiadores y ningún acontecimiento se convierte en acontecimiento histórico a menos que un historiador lo declare como tal.

El famoso historiador inglés E.H. Carr escribió en su ensayo «¿Qué es la Historia?»: «Se solía decir que los hechos hablan por sí mismos, lo que por cierto es falso. Los hechos sólo hablan cuando el historiador los hace presentes: es él quien decide a cuáles va a darles tribuna, y en qué orden y contexto.»

Citando una declaración de Vilhelm Moberg respecto a Suecia, podemos decir que la Historia se refiere «sólo a un grupo de individuos: aquellos que toman las decisiones y que, a nombre del pueblo, deciden las condiciones bajo las cuales éste tiene que vivir». Aunque cierta investigación histórica moderna está adoptando una mentalidad más sociológica, por tradición la voz de las masas no ha sido escuchada ni su presencia sentida. Podemos afirmar, junto con Moberg, que en nuestras lecturas de Historia faltaron aquellos «que sembraron y cosecharon los campos, derribaron bosques, abrieron caminos, construyeron palacios, castillos, fortalezas, ciudades y casas. De todos los que pagaron impuestos, mantuvieron a clérigos, ediles y funcionarios sólo hemos tenido visiones fugaces, aquí y allá. De todos aquellos ejércitos caídos por la Madre Patria en tierra extranjera nos faltan los soldados rasos, sus esposas que los esperaban en el hogar, toda la clase de los servidores, hombres y mujeres... los vagabundos desposeídos, los 'indefensos' que no tenían ni tierra ni hogar». Esta gente que integra las filas de aquellos «invisibles» a los ojos de la Historia es, paradojalmente, la misma gente que ha hecho posible la Historia «visible».

La economía es diseñada por los economistas.

Ningún acontecimiento se convierte en acontecimiento económico a menos que calce con ciertas reglas establecidas por el economista.

Como disciplina, la economía se ha convertido repentinamente en una de las materias más importantes de la actualidad. No habría nada de malo en ello si la importancia dada a la ciencia económica correspondiera realmente a su capacidad de interpretar y resolver los problemas que afectan a la Humanidad. Este no es el caso. Sus grandes abstracciones, tales como el P.N.B. (Producto Nacional Bruto), sistemas de precios, tasas de crecimiento, razón capital producto, movilidad de factores, acumulación de capital y otras, aunque reconocidas como importantes, son selectivas y discriminatorias cuando se refieren a la masa de los seres humanos. A través de estas abstracciones la ciencia económica, en vez de convertirse en «disciplina abierta», se convierte en una especie de «club exclusivo». En realidad, el análisis económico sólo cubre a aquellos cuyas acciones y comportamiento están ajustados a lo que sus cuantificadores (tales como los mencionados) pueden medir. Tomando como ejemplo el P.N.B. lo que pueden medir son actividades que se generan a través del mercado, sin considerar si dichas actividades son productivas, improductivas o destructivas. El resultado de estas limitaciones es que las teorías económicas dominantes no asignan valor a las tareas realizadas a nivel doméstico o de subsistencia. En otras palabras, estas teorías son incapaces de incluir a los sectores más pobres del mundo o a la mayoría de las mujeres. Esto significa que casi la mitad de la población mundial y más de la mitad de los habitantes del Tercer Mundo resultan ser, en términos económicos, estadísticamente «invisibles».

Los sectores «invisibles» para la Historia son prácticamente los mismos que resultan «invisibles» para la Economía. Estos «invisibles» son de la mayor importancia y el hecho de que hayan permanecido como tales por tanto tiempo no es casual. Las razones descansan en nuestras tradiciones y evolución cultural, es decir, en la evolución de la rama cultural Occidental, Judeo-Cristiana. Trataré de demostrar este criterio en las siguientes páginas. Sólo quisiera agregar a estas alturas que estos sectores invisibles de la humanidad se han convertido en el principal interés de mi quehacer, no sólo desde un punto de vista teórico, sino también como una experiencia concreta de vida. Es por este motivo que, después de haber trabajado cierto número de años como «economista puro», decidí transformarme en «economista descalzo» y vivir y compartir la realidad invisible. Los próximos pasajes y el capítulo siguiente están destinados a describir e interpretar el pensamiento de los sectores «visibles» de la Historia y de la Economía, así como las aterradoras consecuencias que han acarreado para la Humanidad en su conjunto y para los sectores «invisibles» en particular.



Antropocentrismo y el mito original


El liberalismo, así como el conservadurismo y socialismo, surgieron como alternativas para la sociedad humana. Sus diferencias frente a varios problemas fundamentales son bien conocidas, pero —dentro de este contexto específico— resulta más pertinente destacar los aspectos que tienen en común. En primer lugar, todos aceptan el crecimiento como indispensable, aunque difieren en cuanto a las formas y mecanismos más adecuados para la distribución de sus frutos. En segundo lugar, todos limitan sus inquietudes filosófico-políticas primarias a las relaciones de poder entre los hombres, a la vez que ignoran el poder directo que, tanto la naturaleza como la tecnología al nivel existencial, son capaces de ejercer en el destino de la humanidad. De hecho esto significa «ignorar dos de los tres factores básicos en el drama de la historia humana»1. En tercer lugar, todas cultivan una admiración ilimitada por la tecnología en cuanto instrumento para resolver problemas. Finalmente están de acuerdo en que uno de los medios inevitables para lograr un destino humano superior reside en el control y dominio de la naturaleza, para lo cual la tecnología representa de n uevo el arma principal. De esta manera, los mitos de Génesis y Prometeo se han fundido en una ecuación única,

El pensamiento de Marx (1818-1883) refleja la creencia en las posibilidades de un crecimiento ilimitado y en la victoria de la humanidad sobre la naturaleza, ayudada e influenciada por una tecnología cabalmente desarrollada. Para Trotsky (1879- 1940) la tecnología, entre otras cosas, hará posible que el hombre socialista se convierta en «superhombre», capaz de mover montañas y modificar a su antojo todo cuanto le rodea. «En vano se busca en Marx, a pesar de sus alusiones a la armonía proyectada del hombre con la naturaleza bajo el socialismo, algún sentimiento para con la naturaleza al nivel existencial concreto. El hombre es un hacedor, un realizador, un conquistador»