Ambiente y crisis en Uruguay "la naturaleza, la cultura y la subjetividad fuera de la racionalidad"

Ambiente y crisis

Extraído del artículo :” Ambiente y crisis en Uruguay , La agroecología como construcción contrahegemónica “ de Inés Gazzano, Marcel Achkar, Elena Apezteguía, Julián Ariza, Alberto Gómez Perazzoli y Julio Pivel publicado en Revista de Ciencias Sociales, DS-FCS, vol. 34, n.º 48, enero-junio 2021,pg 18-21

https://rcs.cienciassociales.edu.uy/index.php/rcs/article/view/107





Según el pensamiento ambiental crítico, la crisis ambiental emerge como una manifestación de la exclusión de la naturaleza, la cultura y la subjetividad del núcleo duro de la racionalidad de la modernidad (Gazzano y Achkar, 2013). Svampa (2013), en un recorrido por las movilizaciones en América Latina, evidencia la consolidación de enclaves agroexportadores que amplían el modelo extractivista mediante un proceso de reprimarización de las economías, pérdida de soberanía alimentaria e incremento de impactos ambientales y sociales.

La autora señala luchas con “giro ecoterritorial”, identificando la sinergia entre las luchas ancestrales por la tierra de movimientos indígenas y campesinos, junto con nuevas formas de movilización y participación ciudadana centradas en la defensa de los bienes naturales, la biodiversidad y el ambiente. Este encuadre reúne el carácter ambiental, integra la noción de territorialidad, opuesta al discurso ecoeficientista y la visión desarrollista dominante, se vincula a la justicia ambiental y los derechos de la naturaleza y representa nuevos “marcos comunes de acción colectiva, que funcionan no solo como esquemas de interpretación alternativos, sino como productores de una subjetividad colectiva” (Svampa, 2013). En estas luchas, se despliega un conjunto de acciones y actores que se vinculan a estrategias de resistencia y búsquedas de cambio en el sistema alimentario corporativo, cuestionando y generando opciones ante los efectos negativos biofísicos, sociales, económicos, políticos y culturales en torno a la soberanía alimentaria y más allá de ella, en la definición de las formas de habitar.



Hegemonía y contrahegemonía


El concepto de hegemonía propuesto por Gramsci (1971) permite abordar la complejidad que presenta el proyecto de modernidad como estructura dominante de fuerzas sociales y políticas diferentes que se mantienen unidas a través de una concepción del mundo y sus posibles vías de superación en clave de construcción contrahegemónica. La hegemonía es dinámica; se instala a través de la cultura, es decir, los modos de producción y reproducción de la vida cotidiana, buscando naturalizar una determinada forma de vivir, de ver el mundo, definiendo lo que “debe ser”. Pero no se ejerce en su totalidad en la sociedad, sino que en el ámbito de las relaciones sociales, constituidas por la ideología, se evidencian contradicciones y tensiones que abren un escenario cambiante y de disputa permanente (Rauber, 2008, 2016; Yagenova, 2010), donde es posible defender la creación de una hegemonía nueva y liberadora (Alves, 2010).

Esta disputa abre paso al análisis de vías y posibilidades de construcción contrahegemónica. Al respecto, la posición de Rauber (2008) es tajante: a partir de una salida de la lógica del capital, plantea una superación de la trampa cultural del modo de vida que esta sostiene, la construcción de un poder propio desde los sectores populares, que refleje el modo de vida cotidiano, individual, comunitario y de sus organizaciones sociales y políticas en un proceso de deconstrucción de la ideología y la cultura del capital. Uruguay comienza a transitar este proceso en el siglo XXI, mediante una serie de leyes que incluyen instancias participativas. Para captar esos ángulos de mirada, es medular dar espacio a procesos de construcción amplia y popular, que tienen como una de sus características la incorporación de los micropoderes como terreno de disputa cultural. Guattari señala la desterritorialización del poder del capital y su influencia sobre el conjunto de la vida económica, social, cultural y en la subjetividad individual, planteando afrontar también sus efectos en el seno de la vida cotidiana doméstica, de vecindad, de trabajo, en el seno de la cultura y la ética personal. Desde esta perspectiva, es posible la construcción de poderes contrahegemónicos populares a partir de la vida cotidiana en los territorios, de la capacidad instituyente de los movimientos sociales, componente ineludible para la construcción y consolidación de una transformación sistémica profunda, con las microexperiencias como bases en las que asentar la macropolítica (Rebellato, 2008; Rauber, 2016). La revaloración de la cotidianeidad tiene la fuerza de preservar niveles de organización que contienen a los micropoderes y potencian la disputa cultural de diversos actores, donde los vínculos con la clase trabajadora fortalecen la trama social que imbrica en forma permanente la vida cotidiana, la cultura y la ética con las formas históricas de organización y de lucha. Un aspecto clave en esta línea es lograr una correlación de fuerzas que trascienda el cuestionamiento del sistema y avance hacia la construcción de formas alternativas de vida, articular en forma orgánica la resistencia de una pluralidad de sujetos (vinculados a movimientos ambientalistas, luchas feministas, indígenas, por la tierra, de trabajadores, contra la exclusión, entre otros) que sufren las consecuencias del sistema, deconstruyendo la dominación y construyendo cultura propia y capacidad organizativa e incluyendo las relaciones intrafamiliares en vinculación con los procesos de descolonización y despatriarcalización. El poder hegemónico tiene capacidad de transformación o renovación permanente (Kioupkiolis, 2018), pero los poderes contrahegemónicos populares también presentan una renovación permanente a través de la construcción de formas alternativas de vida, la acción social colectiva y la disputa al poder hegemónico, características que se reúnen en la agroecología, que, junto a su planteo de gestión ecológica, constituye una propuesta de cambio del sistema alimentario.



Agroecología


Sevilla Guzmán (2011) plantea la agroecología como matriz sociocultural que emerge del diálogo entre el conocimiento científico y el conocimiento popular y contribuye a nuevos conocimientos para abordar la comprensión crítica del modelo industrial de agricultura y para generar una propuesta transformadora a partir de la construcción de principios ecológicos y sociales que adoptan formas técnicas específicas y estrategias de organización, participación y acción propias (Altieri, 2007; Gliessman, Rosado May, Guadarrama Zugasti, Jedlicka, Méndez, Cohen, Trujillo, Bacon y Jaffe, 2007; Caporal, 2013; Sevilla Guzmán, 2011). Así, las estrategias sistémicas de transformación a través de la gestión ecológica de los bienes naturales permitirían modificar las causas de la crisis en la cual las unidades de producción están inmersas y en conflicto. Desde una articulación armónica entre seres humanos y naturaleza, la agroecología avanza hacia niveles de mayor justicia social (Altieri, 1999; Sevilla Guzmán y Soler Montiel, 2009). Producto de la coevolución sociedad-naturaleza (Norgaard, 1994), involucra las dimensiones ecológicotécnico-productiva, socioeconómico-cultural y sociopolítica (Guzmán Casado, González de Molina y Sevilla Guzmán, 2000). Supera el concepto de seguridad alimentaria y se orienta hacia la búsqueda de soberanía alimentaria, al centrarse en el derecho de los pueblos a definir sus propias políticas y estrategias de producción, distribución y consumo de alimentos para garantizar el derecho a la alimentación para toda la población. Implica también cambios más allá de los aspectos técnico-productivos, en las relaciones sociales y de poder, en el acceso y la gestión de los bienes naturales, la distribución de los alimentos y el acceso a ellos, la organización social, la toma de decisiones sobre la orientación del sistema productivo y las formas de creación de conocimiento. Ello configura cambios profundos que hacen de la agroecología una estrategia transformadora, que integra la dimensión política en su vínculo con las organizaciones sociales y los cambios institucionales necesarios.